XAQUÍN CHAVES




Absolutamente contrario a exhibir circunstancias personales de su vida, jamás ofrece otros datos que los relacionados con su obra, que permite intuir un temperamento intimista, eminentemente lírico, de sensibilidad extrema en su apariencia física de personaje de un cuadro del impresionista Monet, despejada la frente, amplia la mirada serena, poblado aunque lacio el bigote de guías caídas. Su primera aparición data de 1987, en muestras colectivas en Vilagarcía de Arousa. Desde entonces, su presencia en exposiciones gallegas es constante, desde Nuevos Valores, de la Bienal de Pontevedra, hasta los certámenes de Unión Fenosa, tan selectivos. La primera exposición individual la realizó en Marín, y ha hecho otras, no abundantes, en diferentes ciudades de Galicia. Inicialmente, en su pintura hay referencias formales, aunque muy destacadas. Después, ha derivado hacia el informalismo puro, con una de las paletas más ricas y expresivas de la pintura gallega contemporánea. A veces, se aproxima a los componentes del grupo El Paso, e inclusive cabe emparentarle con la época «nunista» de Benjamín Palencia, influyente en artistas que buscan las expresiones más puras de la abstracción. De todos modos, acaso Guerrero y un muy concreto momento de Guinovart son los nombres que constituirían los mejores antecedentes de Chaves, pintor entero, exultante, de belleza simplicísima y sin embargo cargada de emoción, hasta constituir un puro enamoramiento para el espectador. Todas las gamas son posibles en su paleta, desde la de rosas y ocres a la de verdes y azules, con amarillos y blancos. Es una pura sinfonía cromática de trazos, geometrías insinuadas, formas adivinables que invitan a la reflexión y al diálogo con esta pintura pura, sin otra referencia que la inspiración como orquestada, en morfologías inconcretas en las que intuimos el mar, la naturaleza, los objetos más varios. Porque todo es referencia imaginable, sí, mas nada se concreta. No en balde los títulos de los cuadros de Chaves son, en series que alcanzan decenas, simplemente «Capricho», y en las que están desde una cristalografía soñada hasta un paisaje que creemos poder identificar, y sin embargo es imposible. El mar, no obstante, es referencia constante, aunque tan contemplado con la mirada del alma como por los ojos del rostro, porque para Chaves, como aseguraba Leonardo da Vinci, «la pintura es cosa mental».